Enrique Fárez
Periodismo

El periodismo local vuelve a la calle en 2026 para informar sin alarmar

person Enrique Fárez calendar_today 26 de febrero de 2026

Hay años en los que la historia avanza a pequeños pasos, casi imperceptibles; y hay otros en los que todo parece inclinarse hacia un punto de no retorno. En España, como en buena parte de Europa, 2026 se perfila como uno de esos momentos en los que una sociedad comprueba hasta qué punto es capaz de sostener sus propias instituciones, sus libertades públicas y la confianza en un sistema que, aunque imperfecto, ha garantizado estabilidad durante décadas.

El desafío no llega desde un solo lugar. Abarca la desinformación, la polarización, la fragilidad económica de miles de familias, el descrédito de las instituciones y la erosión lenta de la convivencia política. Todo ello conforma un paisaje en el que el papel del periodismo debería ser más decisivo que nunca. Y, sin embargo, nos encontramos con un problema que condiciona su capacidad para actuar: cuando un país vive permanentemente rodeado de titulares apocalípticos, las advertencias dejan de oírse.

Tres décadas de urgencias informativas han dado lugar a una paradoja. Cada crisis se presenta como definitiva. Cada giro político se interpreta como ruptura. Cada desajuste institucional se describe como un derrumbe inminente. Y así, año tras año, el ciudadano medio deja de distinguir entre una señal que exige atención inmediata y una exageración más. En el fondo, la saturación informativa no solo desmoviliza: desactiva el instinto básico de reaccionar cuando realmente hace falta.

El riesgo, para 2026, es evidente. España se enfrenta a un clima político áspero, donde la crispación es rentable y la desinformación circula con una facilidad que hace apenas una década parecía impensable. Europa observa con inquietud el auge de discursos que cuestionan la legitimidad de elecciones, la independencia judicial o la libertad de prensa. En este ambiente, la pregunta clave para los medios no es únicamente qué contar, sino cómo preparar a la sociedad para escenarios que, aunque improbables, ya no pueden descartarse.

El primer reto consiste en recuperar la proporcionalidad. Informar con rigor no significa amplificar cada tensión hasta convertirla en una catástrofe. Significa distinguir entre un conflicto parlamentario y un ataque estructural, entre una polémica pasajera y un deterioro institucional sostenido. La ciudadanía necesita que alguien jerarquice lo importante, que sitúe cada acontecimiento en su contexto y que no confunda la excepción con la norma. Cuando todo parece grave, nada lo es realmente.

El segundo consiste en reforzar una voz colectiva del periodismo capaz de defender los principios que permiten ejercer la profesión. En los últimos años, España ha visto intentos de presionar a redactores, ataques públicos a medios y un uso creciente de campañas de acoso digital. La respuesta ha sido desigual. Algunas redacciones se han plantado con firmeza; otras han preferido el silencio. En 2026 será imprescindible actuar de forma coordinada para preservar un espacio informativo libre, especialmente si surgen medidas o discursos que pongan en cuestión derechos básicos como el acceso a la información, la transparencia o la libertad de expresión.

El tercero tiene que ver con la credibilidad. Porque si llega un momento verdaderamente crítico —un intento de manipular un proceso electoral, una desobediencia institucional grave, o un ataque coordinado contra órganos constitucionales— los medios necesitarán que la ciudadanía confíe en su capacidad para contar lo que ocurre sin exageración ni complacencia. Esa confianza no se improvisa. Se construye día a día a través de un relato honesto, prudente y verificable.

España no es inmune a los riesgos que recorren Occidente. Pero tampoco es un país condenado al fatalismo. Las instituciones han soportado momentos tensos, y la sociedad civil, pese al desencanto, mantiene una notable capacidad de resistencia democrática. La cuestión es si los medios seremos capaces de acompañar ese esfuerzo con un periodismo que comprenda la gravedad del momento sin caer en el alarmismo; que describa los riesgos sin agotarlos en titulares estridentes; que prepare, sin asustar; que alerte, sin abrasar.
Quizá 2026 no sea el año en el que nada se quiebre. Ojalá no lo sea. Ojalá termine pareciéndose más a un aviso que a un giro irreversible. Pero incluso si el tiempo demuestra que temíamos demasiado, habrá merecido la pena mantenerse vigilantes. Porque la función del periodismo no es adivinar el futuro, sino asegurar que, si un día algo verdaderamente importante está en juego, la sociedad llegue preparada para comprenderlo y responder.
Si el peligro no llega, mejor. Si llega y no estábamos atentos, será demasiado tarde.

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