El vídeo vertical informativo llega a su momento decisivo en 2026: comunidad real o solo visualizaciones vacías

Las redacciones españolas llevan años mirando de reojo el fenómeno del vídeo vertical. Primero llegó como una moda ligada a TikTok; después se convirtió en una oportunidad de oro para captar audiencias jóvenes; ahora, en 2026, empieza a mostrar sus límites. No porque haya perdido potencial, sino porque la estrategia que tantos medios adoptaron —grabar explicaciones rápidas frente a cámara y confiar en el algoritmo— ya no basta para sostener ni el impacto ni la relación con la audiencia.
Durante este último año se ha producido una coincidencia llamativa: periodistas que abandonan grandes medios para emprender proyectos propios, el deterioro evidente del alcance en X, la caída del tráfico que llega desde Google y un clima general de inquietud por la pérdida de fidelidad en el consumo de noticias. En medio de todo esto, muchas redacciones han decidido poner por fin a sus reporteros delante de la cámara, confiando en que la cercanía del formato solucione la desconexión con el público.
El problema es que otros ya estaban ahí antes. Mientras los medios debatían si abrir o no una cuenta en TikTok, miles de creadores españoles consolidaban comunidades enormes con una soltura que descolocaba a cualquier responsable de audiencia. Para ellos, el reto nunca fue llegar: fue aguantar. De hecho, muchos de los que triunfaron en 2021 o 2022 ya no publican explicaciones diarias. Algunos desaparecieron por puro agotamiento; otros, porque supieron convertir su visibilidad en algo más sólido: cursos, membresías, newsletters, charlas, colaboraciones. En resumen, patrimonio propio. Construyeron algo que no dependía del algoritmo.
Ahí está el gran giro para el periodismo español. A medida que los reporteros se normalizan como rostros habituales en los vídeos verticales de su medio, empiezan a descubrir algo que los creadores ya aprendieron hace tiempo: una pieza que acumula miles de visualizaciones no garantiza nada por sí sola. Ni más lectores, ni más suscriptores, ni más confianza. Lo único que asegura es un momento efímero de atención.
Por eso, lo que viene ahora es más complejo. El vídeo vertical seguirá siendo útil, pero ya no como un producto aislado que se consume y se olvida, sino como una puerta de entrada a algo más estructurado. Los periodistas tendrán que responder de forma más clara a las necesidades de quienes los siguen: continuidad, profundidad, identidad propia. No basta con explicar en treinta segundos la última polémica económica o un cambio legislativo. La audiencia quiere saber quién está detrás de esa explicación, qué más hace, dónde puede seguir ese trabajo y qué aporta ese periodista más allá de un clip.
Esto abre un dilema que muchas empresas españolas aún no han querido afrontar. Si un reportero consigue miles de seguidores gracias a su aparición en vídeos de la redacción, ¿recibe algún beneficio tangible? ¿Se le permite crear su propia serie, su propia newsletter, su propio espacio editorial? ¿O se le pide que siga grabando, sin que esa visibilidad se traduzca en equidad profesional? La pregunta no es menor: algunos de los periodistas más talentosos podrían sentirse tentados a marcharse si no encuentran un marco que reconozca el valor de su presencia digital.
La otra opción es más ambiciosa y exige un cambio cultural profundo: convertir estos formatos en una extensión estructural del periodismo de la casa, no en un experimento pasajero. Eso implica formar a los reporteros para que usen el vídeo no como un fin, sino como una herramienta para crear comunidad. Implica también asumir que, en una red social fragmentada —con TikTok, Instagram Reels, YouTube Shorts, Twitch y un ecosistema en constante mutación— los vídeos deben servir para convocar a los espectadores hacia espacios más estables, propios del medio, donde la relación no dependa exclusivamente de lo que decida un algoritmo.
Un proyecto de vídeo vertical no puede reducirse a perseguir virales; tiene que consolidarse como parte de la identidad periodística, con continuidades temáticas, con voces reconocibles y con un propósito editorial claro. Si la prensa española quiere que este esfuerzo tenga recorrido, deberá ofrecer a esos periodistas algo más que exposición: deberá ofrecerles estructura, respaldo, protección y vías reales de crecimiento.
Al fin y al cabo, los periodistas ya tienen especialidades. Lo que falta ahora es la infraestructura que permita que esas especialidades arraiguen también en el mundo del vídeo, donde la audiencia no busca solo información: busca referentes.
Si las redacciones comprenden esto, el vídeo vertical dejará de ser un gesto desesperado por captar atención y se convertirá en una puerta a una nueva relación con la ciudadanía. Una relación basada en confianza, continuidad y comunidad, no en la fugacidad de un scroll.