Enrique Fárez
IA pública aplicada

La IA está cambiando la forma en que una institución escucha antes de decidir y comunicar

person Enrique Fárez calendar_today 29 de agosto de 2026
Una trabajadora municipal conversa con una vecina mientras distintas señales de la vida pública conectan la ciudad.

Este artículo forma parte de la serie «El futuro del poder», una reflexión sobre cómo la inteligencia artificial está transformando la comunicación pública, el liderazgo institucional y la relación entre las administraciones y la ciudadanía.

Las administraciones públicas nunca habían dispuesto de tanta información. Cada día reciben solicitudes, avisos, expedientes, consultas, quejas, comentarios en redes sociales, noticias, intervenciones políticas y conversaciones con asociaciones, empresas y colectivos ciudadanos. A primera vista, parecería que un ayuntamiento, un cabildo o un gobierno dispone de todo lo necesario para entender qué está ocurriendo en su territorio.

Sin embargo, tener información no significa necesariamente estar escuchando. Una parte de esos datos permanece encerrada en departamentos que apenas se comunican entre sí. Otra llega cuando el problema ya se ha hecho visible. Y otra se pierde entre cientos de documentos, publicaciones y mensajes que nadie tiene tiempo de ordenar con suficiente perspectiva.

La inteligencia artificial puede cambiar esta situación. No porque vaya a conocer mágicamente lo que piensa toda la ciudadanía, sino porque permite reunir señales dispersas, encontrar relaciones y detectar asuntos que merecen atención antes de que se conviertan en una crisis. El verdadero cambio no consiste en observar más, sino en aprender a escuchar con un propósito público.

Escuchar no es acumular más datos

Una institución puede cometer el error de pensar que mejorar su escucha consiste en almacenar cada vez más información. Más cuadros de mando, más alertas, más informes y más indicadores no garantizan una comprensión mejor. En ocasiones producen el efecto contrario: aumentan el ruido y hacen más difícil distinguir lo urgente de lo importante.

La primera pregunta debería ser qué necesita comprender la organización. Puede tratarse de saber por qué un servicio genera reclamaciones recurrentes, detectar dudas sobre una nueva ayuda, conocer cómo se interpreta una decisión pública o descubrir que un problema aparentemente menor está apareciendo simultáneamente en varios municipios.

Cuando la pregunta está bien formulada, la IA puede ayudar a relacionar información procedente de distintos lugares. Una consulta repetida en atención ciudadana, varias noticias locales y un aumento de comentarios sobre el mismo asunto pueden constituir una señal relevante. Ninguna fuente aislada ofrece una imagen completa, pero su combinación permite decidir dónde conviene mirar con mayor detenimiento.

La conversación pública ya no ocurre en un solo lugar

Durante años, los gabinetes institucionales podían concentrar buena parte de su atención en la prensa, la radio y la televisión. Después llegaron las redes sociales y multiplicaron los espacios de conversación. Hoy, la comunicación pública ya no puede depender de un solo canal. Ahora se añade una nueva capa: buscadores, plataformas de vídeo, mensajería privada y sistemas de inteligencia artificial que seleccionan, resumen y explican información sin que la persona llegue necesariamente a la fuente original.

Esto cambia la manera en que una institución es entendida. Una nota de prensa puede estar correctamente redactada y, aun así, no responder a la pregunta que la ciudadanía está formulando. Una política pública puede ser técnicamente sólida, pero quedar definida en la conversación colectiva por una duda no contestada, una experiencia negativa o una explicación incompleta que se repite en distintos canales.

Escuchar en este nuevo entorno exige observar no solo cuántas veces se menciona una institución, sino qué asuntos se relacionan con ella, quién los plantea, qué preguntas quedan sin respuesta y cómo evoluciona la interpretación de una decisión. También obliga a reconocer los límites: la conversación digital no representa por sí sola a toda la población y suele sobrerrepresentar a quienes participan con mayor intensidad.

De la reacción a la anticipación responsable

Muchas organizaciones activan su capacidad de escucha cuando el problema ya ha llegado a los medios o se ha convertido en una polémica. En ese momento, el margen para explicar, corregir o dialogar es mucho menor. La IA puede ayudar a reconocer antes determinados patrones: una pregunta que comienza a repetirse, una información errónea que gana visibilidad o varias señales débiles que apuntan hacia la misma preocupación.

Anticipar no significa adivinar el futuro ni atribuir a un algoritmo una certeza que no tiene. Significa detectar indicios con tiempo suficiente para comprobarlos. La respuesta adecuada puede ser revisar un procedimiento, hablar con el servicio responsable, mejorar una explicación o abrir un espacio de participación. El sistema señala dónde conviene prestar atención; la institución decide qué significa la señal y cómo actuar.

En este terreno existe una experiencia concreta dentro de mi ecosistema profesional. MMI Analytics realiza seguimiento de medios en Canarias desde 1993 y actualmente orienta su trabajo a convertir información pública dispersa en señales útiles para comprender la reputación, los temas emergentes y los efectos de la comunicación. Su valor no consiste en sustituir la decisión de una institución ni en afirmar que conoce toda la opinión ciudadana. Consiste en ordenar parte del ruido, conservar el contexto y señalar dónde merece la pena realizar una lectura más profunda.

Esa información debe combinarse con otras fuentes: datos de los servicios, atención ciudadana, encuestas, participación pública, conocimiento territorial y experiencia profesional. La escucha institucional es más fiable cuando triangula evidencias en lugar de depender de una única pantalla o de un indicador llamativo.

Cuando escuchar puede convertirse en vigilar

La capacidad de reunir y analizar señales también introduce riesgos. Una administración no debería utilizar la IA para construir perfiles innecesarios de ciudadanos, inferir características sensibles o convertir cualquier discrepancia en una amenaza reputacional. Escuchar a la sociedad no equivale a clasificar políticamente a las personas ni a observar su comportamiento sin límites.

Antes de poner en marcha un sistema de escucha conviene definir qué información se necesita, para qué decisión se utilizará, durante cuánto tiempo se conservará y quién podrá acceder a ella. También debe distinguirse entre información pública, datos administrativos y contenidos que requieren una protección especial. Que una tecnología permita combinar determinadas fuentes no significa que hacerlo sea proporcionado, legal o conveniente. Este principio conecta con una idea básica: la IA pública no empieza por la herramienta, sino por el proceso.

La confianza se protege explicando los criterios, limitando la recogida de datos y manteniendo responsabilidad humana sobre las conclusiones. Un modelo puede señalar una tendencia, pero no debería decidir por sí solo que una comunidad está descontenta, que un colectivo representa un riesgo o que una política debe modificarse. Estas interpretaciones necesitan contexto, contraste y responsabilidad pública.

Qué podría cambiar con una inteligencia artificial más general

Los sistemas actuales ya pueden resumir grandes volúmenes de información, clasificar asuntos y ayudar a encontrar patrones. Una inteligencia artificial más general podría ir mucho más lejos. Podría relacionar de forma continua señales procedentes de servicios públicos, normativa, medios, participación y conocimiento territorial; formular hipótesis; detectar contradicciones y proponer preguntas que la organización todavía no se había planteado.

En ese escenario, la escucha dejaría de ser un informe que llega cada cierto tiempo. Se convertiría en una capacidad permanente de aprendizaje institucional. Ante una nueva medida, el sistema podría anticipar qué dudas surgirán, identificar qué grupos necesitan explicaciones diferentes y señalar consecuencias no previstas. También podría simular escenarios para ayudar a preparar respuestas antes de que el problema aparezca.

Pero cuanto mayor sea esa capacidad, más importante será gobernarla. Una IA más autónoma también podría amplificar prejuicios, confundir actividad digital con representatividad o recomendar respuestas diseñadas para reducir la crítica en lugar de mejorar la política pública. El futuro de la escucha institucional dependerá menos de la potencia del modelo que de las reglas, los controles y la cultura democrática que orienten su uso.

La escucha solo tiene valor si cambia una decisión

Una administración no escucha mejor porque produzca informes más rápidos o reciba más alertas. Escucha mejor cuando una señal relevante llega a la persona adecuada, se contrasta con otras evidencias y permite adoptar una decisión útil.

A veces esa decisión consistirá en corregir un procedimiento. Otras veces será explicar mejor una actuación, reconocer un error, abrir una conversación o comprobar que un asunto muy visible en internet no representa una preocupación extendida. También habrá ocasiones en las que escuchar signifique mantener una decisión y explicar con mayor claridad por qué se ha tomado.

La inteligencia artificial puede ayudar a las instituciones a comprender antes y con más contexto lo que ocurre a su alrededor. Pero la calidad de la comunicación pública seguirá dependiendo de algo profundamente humano: la voluntad de prestar atención, aceptar matices y convertir lo aprendido en mejores servicios, mejores explicaciones y decisiones más responsables.

En síntesis

Una institución escucha mejor con IA cuando define qué necesita comprender, combina señales diversas, contrasta antes de actuar y mantiene límites claros sobre los datos y las decisiones. La tecnología puede anticipar problemas y mejorar la comunicación, pero no sustituye el juicio profesional, la responsabilidad pública ni el diálogo con la ciudadanía.

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