La pregunta clave de 2026: ¿por qué esperamos que la gente todavía siga las noticias si no le importan?

Quien haya dado clase a jóvenes o haya convivido con ellos sabe que la relación con la información no es la que muchos periodistas imaginan. Si se pide a un grupo de estudiantes que revisen cuánto tiempo pasan cada día con el móvil, las cifras abruman: horas en redes sociales, horas en chats, horas en plataformas que mezclan entretenimiento, identidad y conversación. Sin embargo, cuando se les pregunta cuántos minutos dedican a leer noticias en una aplicación informativa, la respuesta más habitual es el silencio. O un número redondo: cero.
Conviene no tratar esto como una anécdota generacional. Lo que ocurre en un aula no es tan distinto de lo que pasa fuera. Muchos adultos, incluidos periodistas veteranos, reconocen que pasan más rato resolviendo un puzle digital o escuchando música que consultando la prensa. No es que la actualidad les sea indiferente, sino que el hábito de ir en busca de ella se ha debilitado. Y en un ecosistema saturado, donde cualquier contenido compite por la misma franja de atención, la noticia suele perder.
Los medios llevan años preguntándose cómo hacerse más fiables, más rentables o más relevantes. Pero hay una pregunta previa que rara vez se formula con honestidad: por qué damos por hecho que la gente quiere seguir la actualidad. En demasiadas redacciones se presupone un compromiso que, en gran parte del público, nunca llegó a existir. La mayoría no rechaza el periodismo por ideología ni porque considere manipulado lo que publican los medios. Simplemente no lo incorpora a su vida como una práctica cotidiana.
Es tentador buscar explicaciones solemnes o amenazas abstractas, pero las razones son más simples. Muchos ciudadanos no desarrollaron el hábito de leer noticias porque nadie se las presentó como algo útil. Otros se cansaron de encontrar, día tras día, conflictos que no sabían cómo interpretar. Hay quien considera que las noticias sólo aportan tristeza, cansancio o estrés, y huye por puro instinto de autoprotección. Y en un entorno donde las posibilidades de entretenimiento son infinitas, el periodismo compite con propuestas más ligeras, más optimistas o, al menos, menos exigentes.
Durante años, los estudios sobre audiencias se han centrado en polos opuestos: quienes atacan a periodistas en redes y quienes participan activamente en conversaciones sobre actualidad. Pero entre esos extremos hay una mayoría silenciosa que, sencillamente, no presta atención. Ni odia a los medios ni los admira. Pasa de largo. Vive bien sin ellos. Y esa indiferencia, más que cualquier ataque frontal, es el verdadero terremoto que agita al sector.
Aceptar esta realidad no es un gesto derrotista, sino un punto de partida. Obliga a desplazar el foco desde la obsesión por la calidad intrínseca —que sigue siendo imprescindible— hacia las condiciones en las que esa calidad se ofrece. Qué tarda en cargar una página. Cómo se presenta la información en el móvil. Qué emociones provoca una portada. Qué relación cotidiana se construye entre el medio y quien lo consulta. No basta con hacer buen periodismo: hay que hacerlo accesible, respirable, comprensible y, sobre todo, compatible con la vida real de la gente.
Este cambio de mirada también exige abandonar cierta condescendencia cultural que ha impregnado el debate público durante décadas. La falta de hábito informativo no es un fallo moral ni un síntoma de decadencia. Es, muchas veces, una consecuencia natural de un entorno saturado, acelerado y emocionalmente demandante. El ciudadano medio no se levanta pensando en el estado del periodismo. Piensa en llegar a fin de mes, en sus hijos, en su trabajo, en un rato de descanso. La actualidad llega si tiene encaje, no porque sea un deber cívico.
El desafío para los medios, por tanto, no es rescatar un viejo ideal de ciudadanía perfecta, sino entender cómo encajar la información en un ecosistema donde el tiempo es escaso y la energía mental, aún más. No se trata de competir con el entretenimiento, sino de aprender de él: su ritmo, su lenguaje, su modo de acompañar sin exigir devoción. La pregunta clave deja de ser cómo convencer a la gente de que la información importa, para convertirse en cómo hacer que la información les resulte útil, cercana y manejable.
El futuro del periodismo dependerá menos de grandes campañas institucionales y más de un gesto humilde: reconocer que gran parte del público vive de espaldas a las noticias no por desafección política, sino por pura inercia. La tarea no es reprochar esa apatía, sino romperla con inteligencia. Y eso comienza por aceptar que la mayoría de la gente no está contra el periodismo; simplemente no está. El reto consiste en lograr que vuelva a estar.