Enrique Fárez
Comunicación política e institucional

Los gobiernos ya no hablan solo con periodistas: también deben entender a los creadores digitales

person Enrique Fárez calendar_today 17 de septiembre de 2026
Responsable institucional conversa con una creadora digital y una periodista en un estudio pequeño.

Este artículo forma parte de la serie «El futuro del poder», una reflexión sobre cómo la inteligencia artificial y los nuevos intermediarios están cambiando la comunicación entre gobiernos, instituciones y ciudadanía.

Los gobiernos ya no hablan solo con periodistas: también deben entender a los creadores digitales. Una parte creciente de la ciudadanía se informa a través de pódcast, vídeos, boletines, emisiones en directo y comunidades especializadas. Quien explica una ayuda, una obra pública o un problema de vivienda puede no trabajar en un periódico y, sin embargo, mantener una relación diaria con miles de personas interesadas en ese asunto.

Esto no convierte a todos los creadores en periodistas ni significa que una institución deba tratarlos como una nueva lista de altavoces. Significa que el mapa de intermediarios se ha ampliado. Ignorarlo deja conversaciones relevantes sin información pública; intentar controlarlo degrada la credibilidad de quienes participan.

La inteligencia artificial acelera este cambio porque abarata la producción, la traducción, el subtitulado y el análisis de audiencias. Hoy una persona puede mantener un canal temático con recursos que antes exigían un pequeño medio. La institución necesita aprender a relacionarse con ese ecosistema sin confundir alcance con autoridad ni colaboración con propaganda.

Una comunidad pequeña puede ser más relevante que una audiencia enorme

En El futuro del poder analizo cómo la comunicación política ha pasado de depender de unos pocos canales a convivir con redes, plataformas de vídeo, pódcast y emisiones en directo. Los creadores aportan una forma distinta de intermediación: suelen hablar con un lenguaje cercano, responden a su comunidad y desarrollan una especialización que no siempre cabe en la agenda generalista.

Un canal sobre movilidad puede explicar mejor una nueva red de guaguas que una cuenta con millones de seguidores sin relación con el territorio. Una asociación vecinal que emite entrevistas puede detectar dudas que no aparecen en una rueda de prensa. Un divulgador sanitario puede traducir una campaña preventiva sin perder rigor si dispone de datos y de acceso a especialistas.

La relevancia depende, por tanto, de la relación entre el tema, la comunidad y el ámbito territorial. Las cifras de seguidores ayudan a dimensionar, pero no sustituyen esa lectura. Una institución que solo persigue grandes audiencias acaba premiando el espectáculo y dejando fuera a quienes conocen el problema concreto.

La IA puede ayudar a descubrir comunidades, ordenar temas y localizar preguntas recurrentes. También puede transcribir horas de conversación y detectar cuándo una explicación oficial no está resolviendo la duda real. Pero el sistema debe utilizarse para escuchar mejor, no para clasificar automáticamente a las personas según su utilidad política.

La experiencia institucional tiene aquí una ventaja que a veces desaprovecha: conserva datos, expedientes, técnicos y conocimiento acumulado. El creador aporta lenguaje, relación y formato. Cuando cada parte mantiene su función, la colaboración puede mejorar la comprensión pública. Cuando la institución pide obediencia editorial, el contenido pierde precisamente la confianza que pretendía aprovechar.

Esta lógica se parece a la que describí en el artículo sobre escuchar antes de decidir y comunicar. Escuchar no consiste en buscar a quien confirme el mensaje propio. Consiste en identificar las preguntas, los lenguajes y los espacios donde se está formando la percepción pública.

Facilitar información no da derecho a controlar el resultado

La relación con periodistas tiene normas conocidas: convocatorias, documentación, entrevistas, embargos y derecho a preguntar. Con los creadores digitales, las prácticas son más desiguales. Algunas colaboraciones son editoriales, otras comerciales y otras nacen de un interés espontáneo. La primera obligación es que esa diferencia resulte visible.

Si una institución paga una colaboración, ofrece un viaje o facilita una ventaja material, el público debe saberlo. La Comisión Europea recuerda que los contenidos promocionales de los influenciadores deben identificarse de manera transparente. En el ámbito público, esa claridad es aún más importante porque se utilizan recursos comunes y se comunica sobre decisiones que afectan a derechos y servicios.

La transparencia no se resuelve con una palabra escondida. Debe permitir entender quién financia la pieza, qué libertad tuvo el creador y dónde consultar la fuente oficial. Una colaboración declarada puede ser legítima y útil. Un contenido aparentemente espontáneo que reproduce un guion institucional sin identificar su origen deteriora a la institución y al creador.

También conviene evitar otro extremo: imponer a toda persona que solicita información las condiciones de una campaña publicitaria. Un creador puede querer entrevistar, preguntar o criticar. La administración debería facilitar datos verificables con criterios razonables y comparables, aunque no controle el enfoque final.

La inteligencia artificial introduce nuevas preguntas. Un canal puede generar voces, presentadores o resúmenes automáticos. Una institución puede entregar un paquete ya convertido en vídeos y textos. Cuanto más fácil sea publicar, más necesario será distinguir el documento original, la interpretación del creador y los elementos sintéticos.

La UNESCO ha advertido que muchos creadores se enfrentan a la presión de publicar con rapidez y no siempre disponen de recursos suficientes para comprobar la información. Su trabajo sobre creadores digitales subraya la necesidad de fortalecer la verificación y la alfabetización informacional. La respuesta institucional no debe ser desacreditarlos en bloque, sino ofrecer mejores fuentes, personas accesibles y documentos que puedan contrastarse.

Entender a los creadores también obliga a mejorar la información oficial

Los creadores no deberían convertirse en un atajo para evitar una web incomprensible o una atención ciudadana que no responde. Si una ayuda pública solo se entiende después de ver un vídeo de terceros, el problema principal continúa en la información oficial.

La colaboración útil empieza por publicar contenidos que puedan reutilizarse con seguridad: datos actualizados, explicaciones sencillas, imágenes acreditadas, fechas, condiciones y contacto para resolver errores. La institución debe conservar una página canónica a la que puedan conducir los vídeos, los pódcast y las publicaciones sociales.

Este punto conecta con la necesidad de que las páginas oficiales ofrezcan información clara para personas y sistemas de IA. Un ecosistema de comunicación más distribuido no reduce la importancia de la fuente oficial. La aumenta, porque muchas voces necesitan un lugar estable donde comprobar nombres, competencias, procedimientos y cambios.

Un gobierno que entiende a los creadores no es el que consigue más menciones favorables. Es el que sabe qué comunidades existen, qué información necesitan y qué condiciones protegen su independencia. A veces la relación adecuada será una entrevista; otras, una sesión técnica, un acceso a datos o simplemente una respuesta rápida y documentada.

La síntesis es esta: periodistas y creadores cumplen funciones distintas, pero ambos forman parte de la circulación actual de la información pública. Las instituciones deben reconocer esa diversidad, facilitar fuentes verificables y declarar cualquier relación pagada. La IA puede ayudar a encontrar comunidades y adaptar formatos. No debe utilizarse para fabricar apoyos, ocultar patrocinios ni sustituir una información oficial que todavía no se entiende.

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