Enrique Fárez

La IA puede probar una decisión antes de aplicarla, pero no decidir si es justa

Este artículo forma parte de la serie «El futuro del poder», una reflexión sobre cómo la inteligencia artificial está cambiando la manera de decidir, gobernar y comunicar desde las instituciones.

La IA en las decisiones públicas permite hacer algo que hasta hace poco estaba reservado a unos pocos equipos técnicos: ensayar una medida antes de aplicarla. Un ayuntamiento puede comparar recorridos para una nueva línea de guaguas, estimar qué barrios quedarían peor conectados o calcular cómo variaría el tráfico si peatonaliza una calle. Un gobierno puede proyectar el coste de una ayuda, anticipar cuántas solicitudes recibirá y comprobar si el procedimiento podrá atenderlas a tiempo.

Es una posibilidad valiosa. Probar una decisión antes de someter a la ciudadanía a sus consecuencias puede descubrir errores, costes ocultos y colectivos que no habían sido tenidos en cuenta.

Pero una simulación no decide qué resultado es justo. Puede mostrar quién gana y quién pierde con cada alternativa; no puede establecer por sí sola qué sacrificio resulta aceptable, qué derecho debe prevalecer o cuánto debe pesar la situación de una minoría. Esa responsabilidad sigue perteneciendo a las personas que gobiernan.

Un ensayo digital antes de actuar en la realidad

En El futuro del poder planteo que los modelos predictivos permitirán construir escenarios cada vez más detallados. La IA podrá combinar datos demográficos, económicos, territoriales y de comportamiento para estimar cómo responderá una comunidad ante una decisión. Con sistemas más avanzados, esos ensayos podrían actualizarse casi en tiempo real y comparar muchas más alternativas de las que hoy puede estudiar un equipo humano.

La utilidad no consiste en adivinar el futuro. Consiste en someter una propuesta a preguntas difíciles antes de convertirla en una norma, una obra o un servicio. ¿Qué ocurre si aumenta la demanda? ¿Qué pasa si el presupuesto se reduce? ¿A quién beneficia la medida y quién soporta sus costes? ¿Qué consecuencia aparece seis meses después y no durante la primera semana?

La OCDE observa que la IA ya se utiliza en alguna función pública en casi todos sus países miembros, aunque su aplicación a la elaboración y supervisión de políticas sigue siendo más limitada. Tiene sentido: cuanto mayores son las consecuencias de una decisión, más exigentes deben ser los datos, las pruebas y las garantías.

Todo modelo es una representación incompleta de la realidad. Selecciona algunas variables, deja otras fuera y establece relaciones a partir de datos anteriores. Incluso una simulación técnicamente impecable depende de supuestos humanos: qué se considera éxito, durante cuánto tiempo se mide, qué grupos se comparan y qué efectos se juzgan relevantes.

Imaginemos una propuesta para reducir el tráfico en el centro de una ciudad. El modelo puede indicar que disminuirá el tiempo medio de desplazamiento y mejorará la calidad del aire. Sin embargo, ese promedio puede ocultar que los residentes de una zona periférica necesitarán dos transbordos para llegar al trabajo o que los pequeños comercios tendrán dificultades durante la transición.

La simulación no necesariamente está equivocada. Puede haber respondido con precisión a la pregunta que se le hizo. El problema es que la pregunta era demasiado estrecha.

Por eso la primera tarea no es preguntar a la IA cuál es la mejor decisión, sino decidir qué consecuencias debe examinar. Una institución que escucha antes de decidir y comunicar puede incorporar al modelo problemas que no aparecen en una hoja de cálculo inicial.

Los datos públicos nunca describen a toda la población con la misma calidad. Algunas personas utilizan servicios digitales, dejan registros frecuentes y participan en consultas. Otras apenas generan señales: mayores que resuelven sus trámites de forma presencial, familias en situaciones irregulares, trabajadores con horarios que les impiden acudir a una reunión o vecinos que no confían en los canales oficiales.

Si el modelo aprende principalmente de quienes están bien representados, puede recomendar una medida que funcione muy bien para la mayoría visible y muy mal para quienes apenas aparecen. El sesgo no siempre adopta la forma de una discriminación evidente. A veces se presenta como una mejora del promedio.

La Comisión Europea exige garantías reforzadas cuando una autoridad pública utiliza sistemas de IA considerados de alto riesgo. Entre ellas figuran la evaluación previa de su impacto sobre los derechos fundamentales, la supervisión humana y la vigilancia de su funcionamiento. La orientación sobre el Reglamento de IA insiste también en que los datos deben ser pertinentes y suficientemente representativos.

Estas obligaciones no son un trámite añadido al final del proyecto. Obligan a preguntar desde el principio quién puede quedar fuera del conjunto de datos, cómo se detectará un perjuicio y qué hará la administración cuando el resultado real se aparte de la simulación.

La justicia no cabe en una sola cifra

Una IA puede optimizar el coste de un servicio, la velocidad de respuesta o el número de beneficiarios. Lo que no puede hacer sin una decisión política previa es elegir cuál de esos objetivos debe pesar más.

Una ayuda pública puede diseñarse para llegar al mayor número de personas o para concentrarse en quienes atraviesan una situación más grave. Un nuevo centro de salud puede ubicarse donde atienda a más población o donde reduzca una desigualdad territorial histórica. En ambos casos existen criterios razonables, pero no son equivalentes.

Cuando se encarga al sistema que encuentre la alternativa «óptima», alguien ya ha decidido qué significa óptimo. Esa elección debe poder explicarse públicamente. De lo contrario, una preferencia política queda escondida detrás de una respuesta técnica.

La IA puede calcular con una precisión extraordinaria las consecuencias de distintos criterios. No puede legitimar el criterio elegido. La legitimidad procede de la ley, del debate, de la rendición de cuentas y de la posibilidad de que la ciudadanía cuestione la decisión.

Una buena prueba no intenta demostrar que la propuesta inicial era correcta. Intenta encontrar las condiciones bajo las cuales dejaría de funcionar.

Eso exige comparar escenarios favorables y adversos, modificar los supuestos y observar qué grupos soportan el error. También exige conservar un registro de los datos utilizados, de las versiones del modelo y de las razones por las que se eligió una alternativa. Si meses después aparecen consecuencias imprevistas, la institución debe poder reconstruir el proceso.

La OCDE advierte de que los datos sesgados, la opacidad y una dependencia excesiva de los sistemas pueden propagar errores y debilitar la responsabilidad pública. El valor de la IA no está en atribuirle una autoridad que no posee, sino en utilizarla para ampliar la capacidad de análisis sin borrar el juicio humano.

Esto enlaza con una idea esencial: la autoridad no se improvisa en la era de la IA. Tampoco se delega en una predicción porque resulte más cómoda o parezca más objetiva.

Si en el futuro aparecen sistemas de inteligencia artificial más generales, podrán relacionar ámbitos que hoy se estudian por separado. Una decisión urbanística podría analizarse al mismo tiempo desde la movilidad, la salud, la actividad comercial, el consumo energético y la percepción ciudadana. El sistema podría conversar con especialistas, localizar contradicciones normativas y reformular escenarios a medida que recibe nueva información.

Esa capacidad aumentará el valor de las simulaciones, pero también su poder persuasivo. Cuanto más completa y convincente parezca una respuesta, más fácil será olvidar que sigue dependiendo de datos, objetivos y límites establecidos por seres humanos.

El riesgo no será solo que la IA se equivoque. También será que una institución deje de formular sus propias preguntas, acepte como neutral el escenario recomendado y convierta una decisión discutible en una conclusión aparentemente inevitable.

La decisión empieza donde termina el cálculo

Las instituciones deberían utilizar la IA para descubrir consecuencias, comparar alternativas y hacer visibles los riesgos antes de actuar. Deberían también contrastar el resultado con conocimiento profesional, experiencia ciudadana y datos que no procedan del propio modelo.

Después llega la parte que no puede automatizarse: decidir qué intereses deben protegerse, explicar por qué se ha elegido una opción y asumir la responsabilidad si la medida produce un daño que pudo haberse evitado.

La síntesis es sencilla: la IA en las decisiones públicas puede ayudarnos a probar una medida antes de aplicarla y a gobernar con más información. Pero no puede decidir qué es justo, porque la justicia no es una predicción. Es una elección pública que debe tener autor, razones y posibilidad de respuesta.

ChatGPT ya responde sobre alcaldes y gobiernos, aunque sus páginas oficiales digan otra cosa

Este artículo forma parte de la serie «El futuro del poder», una reflexión sobre la información institucional en ChatGPT y sobre cómo la inteligencia artificial está transformando la comunicación pública, el liderazgo institucional y la relación entre las administraciones y la ciudadanía.

La información institucional en ChatGPT empieza muchas veces con una pregunta cotidiana. Una persona quiere saber si su ayuntamiento ofrece ayudas para instalar placas solares. Hace unos años habría entrado en Google, abierto varios enlaces y tratado de localizar la convocatoria correcta.

Ahora puede formular la pregunta directamente a ChatGPT, Gemini o cualquier otro asistente con acceso a internet. En pocos segundos recibirá una respuesta ordenada: quién puede solicitar la ayuda, cuánto dinero ofrece y cuándo termina el plazo.

Puede que no visite la página del ayuntamiento. Puede incluso que no compruebe las fuentes.

Si la respuesta está equivocada, para esa persona la información errónea será, inicialmente, la versión de la institución.

Hemos pasado de buscar información a recibir una respuesta

El buscador tradicional presentaba una lista de páginas. El usuario debía elegir cuál abrir, leerla y decidir si resultaba fiable.

Los nuevos buscadores y asistentes realizan parte de ese trabajo. Localizan varias fuentes, seleccionan fragmentos, los comparan y producen una respuesta.

ChatGPT Search se presentó precisamente como una forma de obtener información actualizada mediante una conversación, acompañada de enlaces a las fuentes utilizadas. OpenAI explica que estas respuestas combinan búsqueda y síntesis de información procedente de la web.

Google está siguiendo una dirección similar con AI Overviews y AI Mode. Su documentación explica que estas funciones pueden realizar varias búsquedas relacionadas para construir una respuesta y mostrar enlaces que la respalden. Google describe este proceso como una búsqueda distribuida entre diferentes temas y fuentes.

El cambio parece pequeño, pero altera profundamente la comunicación institucional. La institución ya no compite solamente por aparecer en la primera página de Google. Compite por formar parte de una respuesta elaborada por un sistema que decide qué fuentes utilizar, qué información resumir y qué elementos omitir. La gente ya se informa sin entrar necesariamente en la web de la fuente.

La información institucional en ChatGPT no siempre procede de la web oficial

Podríamos pensar que una inteligencia artificial siempre dará prioridad a la web oficial de un ayuntamiento, un cabildo o un gobierno. No necesariamente.

La página puede estar desactualizada, bloqueada para determinados rastreadores o construida de manera que resulte difícil localizar la información. Puede contener un PDF escaneado, una nota de prensa antigua o una convocatoria cuyo estado actual no aparece claramente identificado.

Mientras tanto, un medio de comunicación, una asesoría o un blog especializado puede haber publicado una explicación más clara. La IA puede utilizar esa fuente porque responde mejor a la pregunta, aunque no sea la responsable de la medida.

Esto produce una situación incómoda: la información oficial existe, pero la explicación de un tercero resulta más accesible y termina condicionando la respuesta.

Además, cumplir todas las recomendaciones técnicas no garantiza que una página sea seleccionada. Google advierte expresamente que una web puede estar correctamente indexada y respetar todas las buenas prácticas sin que eso asegure su aparición en una respuesta generada. La selección continúa dependiendo del sistema, la consulta y las fuentes disponibles.

Las instituciones no pueden controlar completamente lo que responderá una IA. Sí pueden evitar que su propia información sea la fuente más confusa de todas.

El problema de las distintas versiones oficiales

Una institución puede publicar información verdadera y, aun así, generar contradicciones.

Imaginemos una ayuda que comenzó con un presupuesto de dos millones de euros y posteriormente se amplió a tres. La nota de prensa inicial continúa en la web. La noticia sobre la ampliación también. El PDF de la convocatoria conserva la primera cifra y una entrevista del responsable político menciona la segunda.

Para una persona que conozca el proceso, no existe contradicción: son momentos diferentes. Para una inteligencia artificial que encuentre los contenidos sin entender la secuencia completa, puede haber dos respuestas posibles.

Algo parecido ocurre con los plazos. Una convocatoria finalizada puede continuar apareciendo en los buscadores porque tuvo mucha repercusión. Si la página no muestra claramente que está cerrada, la IA puede presentar información antigua como si continuara vigente.

No basta, por tanto, con que cada contenido fuese correcto el día en que se publicó. La institución necesita mantener una versión actual y explicar cómo se relaciona con las anteriores.

La web institucional suele hablar como se organiza la Administración

La ciudadanía no suele llegar a una web institucional pensando en departamentos, procedimientos u órganos administrativos. Llega porque quiere saber si puede solicitar una ayuda, qué cantidad podría recibir, qué documentos debe presentar o cuánto tiempo tiene para hacerlo. Y, cuando algo se retrasa, necesita encontrar rápidamente quién puede informarle y qué pasos debe seguir.

Son preguntas sencillas, pero con frecuencia las respuestas aparecen repartidas entre una resolución, una noticia antigua, un formulario y varias páginas de la sede electrónica. Ese diseño reproduce la estructura administrativa, pero no resuelve la necesidad del usuario. También dificulta el trabajo de las inteligencias artificiales, que necesitan identificar una respuesta clara entre documentos dispersos.

La solución no consiste en simplificar hasta eliminar la precisión jurídica. Consiste en separar las funciones.

La resolución debe seguir estando disponible. Pero debería existir también una página explicativa que traduzca su contenido a preguntas reales, indique el estado actual del procedimiento y enlace directamente a la fuente jurídica.

Una buena página institucional debería permitir que una persona entendiera lo esencial sin perder la posibilidad de comprobar el detalle.

GEO no debería significar manipular a ChatGPT

La optimización para buscadores generativos, conocida como GEO, ha aparecido como respuesta a este cambio. Su objetivo es mejorar la visibilidad de una fuente dentro de las respuestas creadas por sistemas de IA.

La investigación que formuló inicialmente este concepto mostró que la visibilidad dentro de una respuesta generativa no funciona como el posicionamiento clásico: una fuente puede aparecer citada, influir en una frase o quedar relegada aunque sea relevante. El estudio también observó que la presencia de datos verificables, fuentes y citas podía mejorar la visibilidad, aunque los resultados variaban según el tema. El trabajo fue presentado en KDD 2024.

Para una institución pública, GEO no debería consistir en introducir frases diseñadas para manipular una respuesta o lograr que la IA elogie a un gobierno.

Debería entenderse como una disciplina de claridad pública: conseguir que la información oficial pueda encontrarse, comprenderse, verificarse y citarse correctamente.

La diferencia es importante. Una empresa puede buscar visibilidad para vender un producto. Una Administración debe buscar que la ciudadanía reciba información correcta, incluso cuando esa información no resulte políticamente favorable.

Qué tendría que cambiar una institución

Mejorar la información institucional en ChatGPT exige identificar una fuente principal para cada asunto. Si una ayuda, obra o decisión pública aparece en diez páginas, una de ellas debe contener el estado actualizado y enlazar las versiones anteriores. Este trabajo se apoya en una organización más sólida del conocimiento de la administración. Esa fuente principal necesita fechas con significado. No basta con indicar cuándo se publicó una noticia: conviene mostrar cuándo se revisó la información, si continúa vigente y qué ha cambiado desde la actualización anterior.

La explicación también debe responder con claridad a las dudas reales. La información importante ha de estar disponible como texto, no solo dentro de una imagen o un PDF. Google recomienda expresamente que los contenidos esenciales sean accesibles en formato textual y que los datos estructurados coincidan con lo que ve el usuario.

También hay una dimensión técnica. OpenAI señala que una web pública puede aparecer en ChatGPT Search y recomienda no bloquear OAI-SearchBot si se quiere que el contenido pueda encontrarse, resumirse y citarse. La compañía diferencia este rastreador del utilizado para el posible entrenamiento de modelos. La documentación para editores explica esta separación.

Estas cuestiones necesitan coordinación entre comunicación, informática, transparencia, atención ciudadana y las unidades responsables de cada servicio. Ya no pueden considerarse únicamente un trabajo de posicionamiento web.

La institución debería preguntar a las IA qué saben sobre ella

La calidad de la información institucional en ChatGPT también debe comprobarse. Existe una prueba sencilla que cualquier administración puede realizar. Puede seleccionar las preguntas que la ciudadanía formula con más frecuencia y plantearlas periódicamente a distintos asistentes. Puede preguntar por las ayudas de vivienda, las calles afectadas por una obra, los requisitos de un servicio o la vigencia de una convocatoria.

Después debería registrar qué respondió cada sistema, qué fuentes utilizó, cuándo estaban fechadas y qué errores aparecieron. El objetivo no es elaborar una clasificación de inteligencias artificiales, sino descubrir qué información pública está funcionando y dónde existen vacíos, contradicciones o contenidos obsoletos. Esa comprobación forma parte de una escucha institucional más amplia antes de decidir y comunicar.

Esa revisión también permite detectar cuándo la fuente principal de una respuesta no es la institución, sino una noticia antigua o una página comercial. En ocasiones, el tercero explicará mejor el asunto. En otras, estará difundiendo datos que ya no son válidos.

No se trata de controlar todas las respuestas

Ninguna institución podrá decidir completamente qué dirá ChatGPT sobre un alcalde, una política pública o una controversia. Tampoco debería intentarlo.

Los asistentes deben poder utilizar fuentes independientes, críticas y periodísticas. La versión oficial no es la única que existe ni siempre es la más completa.

Lo que sí corresponde a la institución es asegurar que los hechos que dependen de ella estén disponibles de manera clara: importes, plazos, requisitos, decisiones adoptadas y documentos que las sustentan.

Antes, una página confusa obligaba al ciudadano a llamar por teléfono o buscar otro enlace. Ahora puede convertirse en el material con el que una inteligencia artificial construya una respuesta equivocada para miles de personas.

Las instituciones ya no publican solamente para lectores humanos. Publican también para sistemas que reinterpretan su información y la presentan fuera de su contexto original.

Por eso, mejorar la información institucional en ChatGPT mediante una web ordenada, contenidos actualizados y respuestas claras ya no es una mejora técnica. Es una nueva responsabilidad de la comunicación pública.

La inteligencia artificial puede preparar mejores discursos, pero no puede prestar credibilidad a un dirigente

Este artículo forma parte de la serie «El futuro del poder», una reflexión sobre la inteligencia artificial en discursos políticos y sobre cómo esta tecnología está transformando la comunicación pública, el liderazgo institucional y la relación entre las administraciones y la ciudadanía.

La inteligencia artificial en discursos políticos ya no es una posibilidad remota. Puede escribir una intervención, resumirla, mejorar sus frases y preparar respuestas para las preguntas más incómodas. También puede analizar una grabación, detectar un tono monótono, localizar muletillas o advertir que la idea principal tarda demasiado en aparecer.

Dentro de poco podrá hacer mucho más. Podrá generar una versión diferente del mismo discurso para cada audiencia, simular las posibles reacciones y recomendar cambios antes de que el dirigente se coloque delante de un micrófono.

Todo eso puede ayudarle a comunicar mejor. Lo que no puede hacer es conseguir que la ciudadanía crea en él.

Qué cambia con la inteligencia artificial en discursos políticos

Cuando se analiza una intervención política, es frecuente concentrarse en el texto: qué se dijo, qué expresiones se utilizaron y qué frase terminó convertida en titular.

Sin embargo, una parte importante de la comunicación ocurre fuera del texto. El ritmo, las pausas, la voz, los gestos y la manera de reaccionar ante una interrupción también influyen en la percepción del público.

Una investigación reciente sobre discursos de campañas presidenciales encontró que cambios relativamente sutiles en la velocidad y modulación de la voz alteraban la valoración de los candidatos y la disposición declarada a votarlos. El estudio resulta interesante porque compara intervenciones con palabras iguales o muy parecidas: lo que cambia es la forma de pronunciarlas. La investigación confirma que la voz y la ejecución importan, no solamente el texto.

La inteligencia artificial puede trabajar sobre esas tres dimensiones: las palabras, la voz y la imagen. Puede ayudar a mejorar cada una por separado y también comprobar si funcionan juntas.

El problema comienza cuando esa capacidad se utiliza para ocultar al dirigente real detrás de una versión cuidadosamente fabricada.

La IA como entrenador

Hay usos de la inteligencia artificial que pueden mejorar mucho la comunicación pública sin sustituir a la persona.

Un alcalde que debe explicar una reorganización del tráfico puede utilizarla para convertir un documento técnico en un discurso comprensible. Un consejero puede pedirle que identifique las preguntas que probablemente harán los periodistas. Un portavoz puede ensayar una comparecencia y comprobar si sus respuestas contienen datos suficientes o se refugian en expresiones vacías.

La IA también puede representar distintos interlocutores. Puede formular las preguntas de un vecino afectado, un periodista crítico, un funcionario preocupado por la ejecución de la medida o un adversario político interesado en destacar sus puntos débiles. Esta capacidad se relaciona con el uso de la IA para escuchar antes de decidir y comunicar.

Ese entrenamiento permite llegar mejor preparado y descubrir contradicciones antes de que lo haga el público. Pero exige una condición: el dirigente debe intervenir en el proceso.

No debería recibir un texto terminado cinco minutos antes de la comparecencia y limitarse a leerlo. Tiene que entender los argumentos, cuestionarlos y relacionarlos con las decisiones que realmente ha tomado. La IA puede ayudar a ordenar su pensamiento, pero no debería pensar en su lugar.

Cuando todos los discursos empiezan a parecer el mismo

La inteligencia artificial tiende a producir intervenciones ordenadas, prudentes y formalmente correctas. También puede generar textos previsibles, llenos de expresiones que sirven para cualquier institución, partido o dirigente.

El resultado puede ser impecable y, al mismo tiempo, irrelevante.

Si se utiliza sin criterio, la IA eliminará del discurso aquellas irregularidades que permiten reconocer a quien habla: sus expresiones habituales, su manera de contar una experiencia o la forma particular en que explica un problema.

Esto no significa que todo rasgo personal sea valioso. Una mala explicación no se vuelve auténtica por ser espontánea. Pero existe una diferencia entre corregir lo que dificulta la comprensión y borrar todo lo que concede personalidad al mensaje.

El riesgo no es únicamente que todos los discursos se parezcan. Es que la persona que los pronuncia deje de reconocerse en ellos.

Cuando llega una pregunta inesperada, aparece la distancia entre el personaje preparado y el dirigente real. La voz cambia, el vocabulario es distinto y los argumentos pierden la seguridad que tenían mientras existía un guion.

El dirigente perfecto puede resultar poco creíble

La tecnología permitirá pulir cada vez más la imagen pública de un dirigente. Se podrán corregir gestos, modificar la voz, seleccionar automáticamente los mejores fragmentos y generar vídeos en los que cada palabra parezca pronunciada con absoluta seguridad.

Podremos encontrarnos con un representante político que nunca duda, nunca se equivoca y siempre tiene preparada la frase apropiada.

Esa perfección no necesariamente producirá confianza. Puede provocar el efecto contrario.

La ciudadanía sabe que los problemas públicos son complejos. Un dirigente que nunca reconoce una incertidumbre puede parecer menos fiable que otro capaz de explicar qué sabe, qué desconoce y qué necesita comprobar.

La credibilidad no exige conocer todas las respuestas. Exige no fingir que se conocen.

En este sentido, la autenticidad no consiste en mostrar continuamente la vida privada ni en buscar una espontaneidad artificial para las redes sociales. Consiste en que exista continuidad entre las palabras, las decisiones y el comportamiento del dirigente cuando pierde el control del escenario. La autoridad tampoco se improvisa cuando la IA entra en la comunicación pública.

Decir que se ha utilizado IA no resuelve todo el problema

La transparencia será una parte necesaria de esta nueva comunicación. El Reglamento europeo de inteligencia artificial establece obligaciones de identificación para determinados contenidos sintéticos y manipulados, especialmente cuando pueden confundirse con una imagen, una voz o un vídeo auténticos. También contempla el contenido generado para informar sobre asuntos de interés público y la importancia de que exista revisión y responsabilidad editorial. El artículo 50 del Reglamento europeo desarrolla estas obligaciones de transparencia.

Pero colocar una etiqueta que indique «generado con IA» no resuelve por sí solo el problema de la influencia.

Un experimento reciente presentó mensajes sobre políticas públicas elaborados con IA y los atribuyó, según el grupo, a una inteligencia artificial, a un experto humano o a ninguna fuente concreta. En ese contexto experimental, la etiqueta no redujo de manera significativa la capacidad persuasiva de los mensajes. Los propios investigadores advierten que identificar el origen mejora la transparencia, pero no necesariamente neutraliza su influencia. El estudio se publicó en PNAS Nexus.

La lección es importante: la transparencia es necesaria, pero no sustituye a la responsabilidad. Un dirigente no puede presentar un mensaje como aceptable únicamente porque ha advertido que se utilizó IA para producirlo.

Un dirigente, muchas versiones

La inteligencia artificial en discursos políticos también abre la puerta a la personalización. Una misma intervención puede adaptarse para jóvenes, mayores, comerciantes, empleados públicos o vecinos de un municipio concreto. La IA puede modificar los ejemplos, la duración y el tono para acercar la explicación a cada audiencia.

Esto puede tener un uso positivo. No se explica de la misma manera una medida en un documento técnico que en un vídeo de un minuto.

El límite aparece cuando no solo cambia la forma, sino también el fondo. Si cada grupo recibe una versión diseñada para coincidir con sus expectativas, puede llegar un momento en que el dirigente esté prometiendo cosas distintas sin que las audiencias puedan comparar los mensajes.

La personalización deja entonces de facilitar la comprensión y comienza a fragmentar la responsabilidad política.

Una regla sencilla sería mantener un núcleo público y comprobable: los datos, compromisos y argumentos principales deben ser los mismos para todos. Lo que puede adaptarse es la manera de explicarlos.

La credibilidad se construye fuera del discurso

La inteligencia artificial puede ayudar a un dirigente a encontrar mejores palabras. También puede enseñarle a respirar, utilizar las pausas y evitar respuestas confusas.

Sin embargo, la credibilidad se construye antes y después de la intervención.

Depende de si los datos anunciados eran correctos, de si el compromiso se cumplió y de si el dirigente compareció también cuando las noticias eran malas. Depende de su capacidad para rectificar y de que sus explicaciones coincidan con la experiencia que viven los ciudadanos.

La IA puede convertir una decisión difícil en un mensaje más comprensible. No puede convertir una mala decisión en una buena política.

Ese será el verdadero límite de la inteligencia artificial en discursos políticos. La tecnología podrá mejorar la comunicación del dirigente, pero no podrá prestarle una credibilidad que su comportamiento no haya construido.

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