El humor laboral de Sarah Lómore muestra cómo los creadores construyen discurso político mientras partidos e instituciones todavía intentan adaptar a las redes sus viejas formas de comunicar.
Una trabajadora vive en Arucas y su empresa quiere enviarla temporalmente a La Aldea. No tiene coche. Pregunta si le pagarán el desplazamiento y la dieta. Su jefa se niega: bastante hace, viene a decirle, con darle trabajo. Cuando la empleada insiste en sus derechos, la conversación termina con una acusación política: este país se está llenando de vagos que no hacen más que reclamar.
La escena dura menos de un minuto. No pertenece a un informativo, a un debate electoral ni a la cuenta de un sindicato. Es uno de los vídeos de Sarah Lómore, creadora canaria que ha construido buena parte de su presencia en TikTok alrededor de Guacimara, una trabajadora que se enfrenta a situaciones de explotación laboral, y de una jefa capaz de justificar casi cualquier abuso.
Sarah interpreta a los dos personajes y construye diálogos rápidos sobre turnos partidos, horas extraordinarias, nóminas, nocturnidad, bajas o desplazamientos. Los vídeos se presentan como humor y algunos como escenas basadas en hechos reales. Bajo esa apariencia circula una interpretación de las relaciones laborales, del poder empresarial y del valor concedido a los derechos.
Ese «algo más» es cada vez más importante para entender la comunicación política.
Cuando grabar en vertical ya no es suficiente
Partidos, instituciones y cargos públicos han mejorado notablemente la producción de sus redes sociales. Cuentan con equipos, preparan vídeos verticales, incorporan subtítulos y aprenden a mirar a cámara. El resultado es más profesional, pero muchas veces conserva un modelo antiguo: una persona con autoridad habla y el público escucha.
Es una televisión institucional adaptada al teléfono.
El problema no está en la cámara ni en la capacidad del político para expresarse. El ecosistema ha cambiado mucho más deprisa. En TikTok, un cargo público no compite solamente con la oposición o los medios: comparte pantalla con humoristas, divulgadores, activistas y creadores que hablan de vivienda, trabajo, impuestos o servicios públicos sin presentarse como comentaristas políticos.
TikTok amplía las fronteras de la información
El Digital News Report 2026 del Reuters Institute permite medir parte de ese desplazamiento. En el conjunto de los mercados estudiados, el consumo semanal de noticias a través de redes sociales y plataformas de vídeo alcanza ya el 54 %, por encima del acceso mediante las webs y aplicaciones de los propios medios, situado en el 51 %. El 30 % señala las redes y el vídeo como su fuente principal de información, frente al 22 % de cinco años antes.
TikTok es uno de los mejores ejemplos del cambio. Su utilización para cualquier finalidad ha pasado del 15 % al 37 % entre 2021 y 2026. Su uso específicamente informativo alcanza el 20 %, mientras que el consumo semanal de vídeo informativo dentro de la plataforma ha crecido del 14 % al 21 % desde 2023.
Estos datos no significan que todos los vídeos que aparecen en TikTok sean noticias. Indican algo más profundo: las fronteras de lo que ayuda a una persona a comprender la actualidad se han vuelto menos nítidas.
El propio informe distingue entre creadores dedicados expresamente a las noticias y otros que tratan asuntos públicos desde ámbitos próximos, como el humor, la cultura o las experiencias personales. Al sumar ambos grupos, el 46 % de los encuestados afirma haber utilizado alguna de estas fuentes durante la última semana. Las instituciones, por tanto, ya no hablan solamente con periodistas: también necesitan entender a los creadores digitales.
Guacimara convierte la precariedad en una escena
Sarah Lómore encaja en esa zona fronteriza. Su cuenta reúne más de 51.000 seguidores y 2,3 millones de «me gusta». Un vídeo sobre empezar a trabajar como dependienta en Canarias supera las 360.000 visualizaciones. Pero importa, sobre todo, cómo convierte cuestiones abstractas en escenas reconocibles.
En uno de los vídeos, la jefa explica a una nueva empleada que deberá comprarse el uniforme, comenzar antes de su hora, terminar más tarde y asumir funciones superiores a su categoría. Todo se justifica apelando a una idea muy extendida: en Canarias no conviene quejarse porque, al menos, se tiene trabajo.
En otro, Guacimara descubre que el turno nocturno se paga a cinco euros la hora. Cuando menciona el salario mínimo y la nocturnidad, la jefa presenta esos conceptos como tecnicismos incomprensibles y responde que trabajar de noche supone encender la luz, por lo que alguien tendrá que asumir ese gasto.
La explicación es absurda, pero el mecanismo político es muy eficaz. La creadora no necesita definir la precariedad ni impartir una clase sobre legislación laboral. Coloca frente al espectador a una trabajadora que formula una reclamación razonable y a una empresaria ficticia que responde desde una posición de poder. El público entiende el conflicto antes incluso de conocer la norma.
Ahí aparece la diferencia con buena parte de la comunicación institucional. El político comienza por su mensaje; Sarah, por una situación que reconoce el espectador. El político explica; ella representa. El mensaje institucional adopta el punto de vista de quien gobierna. El vídeo de la creadora, el de quien soporta las consecuencias.
La identidad canaria tampoco es un decorado. Aparece en los nombres, las expresiones, el paro, las viviendas vacacionales y la distancia entre Arucas y La Aldea. El espectador no recibe una reflexión genérica sobre el mercado laboral, sino una escena que podría haber escuchado en una tienda o entre compañeros.
Esto no convierte a Sarah Lómore en periodista ni demuestra la exactitud jurídica de cada escena. Pero sí la convierte en un actor del espacio público: sus vídeos identifican problemas, muestran relaciones de poder y proporcionan un marco para interpretar la realidad mientras el público consume humor.
La lección para la campaña de 2027
La consecuencia para instituciones, partidos y candidatos no debería ser comenzar a imitar sketches ni obligar a los políticos a interpretar personajes. Sería una lectura superficial. La lección es que la comunicación nativa de las plataformas no se limita a grabar en vertical o añadir subtítulos.
Requiere dejar de pensar que el cargo público siempre debe ser el protagonista. Exige comenzar por los conflictos que reconoce la gente, comprender los códigos culturales del territorio y asumir que el discurso político también se está construyendo fuera de las cuentas oficiales.
De cara a las elecciones de mayo de 2027, llegar con mejores cámaras y dirigentes más entrenados será insuficiente. Eso habría representado una ventaja en 2019 o en 2023. Ahora, la disputa se produce dentro de un flujo en el que un vídeo institucional convive con una escena humorística capaz de explicar en cincuenta segundos una relación laboral, una desigualdad económica y hasta una forma de entender los derechos.
La política continúa hablando desde sus cuentas. Pero cada vez hay más actores que hacen política sin anunciarla, y que probablemente conocen mucho mejor el lenguaje del lugar en el que esa conversación está ocurriendo.








